El frío cala hasta el fondo de mis huesos congelandome de tal manera que lo siento llegar al tuétano, a pesar de que voy abrigada con mi chaqueta azúl oscuro, amplia y casi dos tallas más que la mía, la más cálida, mi favorita. Me hace gracia la condensación que se forma en el ambiente cada vez que hecho el aliento, si estuviera frente a un cristal probablemente dejaría una huella del vaho, y aunque los temblores se suceden uno tras otro, merece la pena encontrarse en este lugar con tal de poder observar el cielo. Las nube que quedan, ya descargadas tras la lluvia que azotó al mediodía, se van tiznando lentamente un rosa intenso, en contraste con la suavidad del naranja amelocotonado que pinta el fondo a medida que el sol se va escondiendo entre las montañas.
El aire gélido se cuela hasta mis pulmones tras una larga bocanada de aire, enseguida me arrepiento de haberla tomado pues hace que se me pongan los pelos como escarpias y me estremezco con incomodidad. Escondo los dedos, que se sienten como cubitos de hielo, en mi pantalón para apretarlos contra mis muslos en busca de mi propio calor corporal y sonrío, sonrío completamente sola. La puesta del sol despierta en mi un sentimiento de añoranza, quizás porque no hay nadie para compartirla conmigo, ¿quién sabe?, pero aún así, nadie podría negar la asombrosa belleza que me acompaña.