sábado, 23 de abril de 2011

Paris, tu paries, Paris que je te quitte, que je te change de cap.

Me he dado cuenta que he tenido tanto miedo de las cosas malas, que me he perdido las buenas.





Ohlalá, París... Nunca me había atraído verdaderamente esa ciudad, supongo que era porque todo el mundo estaba obsesionado con ella, tenía demasiada fama de ser en sí una musa consagrada cuando se trata de asuntos de amor. Estaba allí precisamente por ese tema, amor. Quizás esta ciudad podría decirme exactamente qué es eso y por qué se había empeñado en perseguirme allá por donde iba a pesar de mis incansables y fallidos intentos de huir de él. Me había pasado la mañana caminando por la Avenue des Champs-Élysées, había una suave brisa que acariciaba mis mejillas y ayudaba a pensar, caminaba sin rumbo casi cerrando los ojos a mi paso. No sé cuánto tiempo me pasé andando con la cabeza perdida en mi mundo, sólo soy consciente de que cuando me quise dar cuenta me encontraba en el Campo de Marte. Ante mis ojos se alzaba grande e imponente la Torre Eiffel. Se veía inmensa desde mi posición y me hacía sentir pequeña. Pero lo que más insignificante me hacía sentir eran la multitud de parejas que se encontraban a mi alrededor disfrutando del romanticismo que se podía masticar en el aire. El amor vuelve a la gente más imbécil de lo que ya es por sí sola, y por supuesto me incluía en este grupo, porque aunque la preciosa ciudad no me había ayudado a saber qué era lo que yo sentía -y podía apostar que  un puñado de estructuras jamás dirían lo que me estaba comiendo por dentro- me veía estúpidamente afectada por el amor en su formato más cursi que se veía expresado en cada uno de los rostros que me rodeaban.