lunes, 28 de noviembre de 2011

When you say nothing at all.


Y así fue cómo lo perdí todo... Las ganas de seguir esforzándome en mantener vivo algo que por supuesto estaba condenado. Y lo peor de todo era que después de la mayor decepción que me podía haber llevado en años, sí, en años; ni siquiera era capaz de afirmar que me invadía un sentimiento con nombre. El estómago empezaba a pesarme, era como si la pantalla, mis manos, todo se alejara de mí misma, yo misma me alejara de mí misma. "No puede ser verdad, es un maldito sueño porque estas cosas a mí no me pasan." ¡Já! ojalá... Todo era real. Sé que el concepto de realidad en esos momentos estaba bastante distorsionado, pero era lo único a lo que podía atenerme y era dolorosamente abrumador. FIN.

martes, 15 de noviembre de 2011

I don't wanna miss a thing

Estás en tu cuarto absorta en tu mundo mirando en el reproductor esa canción -que por cierto es preciosa- pensando en la cantidad de tiempo que hace que no la escuchas y lo mucho que te apetece en este momento.
Así que le das al play y esperas a que los suaves acordes de su introducción atraviesen tu cuerpo, y ahí lo tienes: primer escalofrío. Suspiras largamente, cierras los ojos hasta que empieza la letra y con ella las primeras frases, y recuerdas el por qué habías dejado esa canción abandonada. Y cuando abres los ojos están anegados de lágrimas, por lo que te las intentas secar con el dorso de la mano. Pero es inútil, porque conforme te secas empiezan a brotar más y más, como si todo el agua del mundo se hubiera concentrado en tus ojos. Empieza el estribillo y con éste tu agonía, empiezas a cantar muy bajito la letra, con miedo a escucharte a ti misma porque sabes que tendrás la voz rota. Te abrazas a un cojín en un intento de no acabar por desmoronarte, por recoger un poco de la compostura que aún te queda y sigues cantando, pero ahora todo te recuerda a él, a lo mismo y no puedes parar de llorar. Entonces la canción queda en un segundo plano, porque tu cabeza va mucho más acelerada rememorando todos y cada uno de los detalles que creías que habías escondido muy al fondo. Descubres que nunca han desaparecido, que están ahí, que no has olvidado nada y cada estrofa no hace más que evocarte más detalles sobre lo que antes llamabas felicidad y que ahora se quedó sólo en pasado. Pasado, no paras de repetir esa palabra hasta que sencillamente te agota en tus labios y deja de tener sentido. La música se acaba y te quedas así, en la misma postura, que ha cambiado de sentada a tumbada y acurrucada y no te habías dado ni cuenta; con los ojos secos ya, no importa cuánto tiempo pase, porque estás en calma. Sales de tu cuarto y sonríes, porque ahí dentro no ha pasado nada, el mundo sigue girando y eso no va a cambiar, aún.