Está a mi lado, sentada. Puedo verla reír, puedo ver cómo se echa el pelo atrás de forma distraída mientras esperamos a que llegue el tren y mueve los dedos con nerviosismo haciéndolos jugar entre sí, aunque nunca confesaría que está inquieta. Pero yo lo sé, sé que tiene tanto miedo de la incertidumbre que vendrá cuando nos separemos al igual que yo. Sólo me he quedado absorta un momento, pero se me ha hecho eterno. Ojalá hubiera pasado igual de lento el roce de sus labios, ojalá hubiera podido prolongarlo hasta este mismo instante. Entonces, como si en mi cabeza no hubiera pasado nada, se gira hacia mí para continuar con las mismas bromas de siempre y volverme a incluir en una conversación absurda con todas las demás. Aún quedan cinco minutos para que vuelva a pasar el tren en el que nos tenemos que montar. Pero ahora, por desgracia, tengo la extraña sensación de que todo está ocurriendo a cámara rápida. Es como cuando ves una película que sabes cómo va a acabar y no quieres que llegue el final, la única diferencia, por desgracia, es que esto no es una película y no puedo pararla e ir a por unas palomitas para que sea más llevadero.
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