Las cinco de la mañana, y estás tan borracha que ni siquiera estás segura de si sigues de pie o si ya estás a cuatro patas buscando la dignidad que perdiste en el fondo del último cubata.
Jadeas intentando a duras penas hacer algo que antes eras capaz de hacer de forma automática y que poco a poco se ha convertido algo consciente: respirar.
Al fin consigues encontrar una pared contra la que apoyarte y ganar estabilidad, y cuando tu estado físico ha dejado de ser la primera de tus prioridades, es cuando tu cabeza toma cartas en el asunto. Tus mejillas se inundan de lágrimas de impotencia, tus manos temblorosas intentan despejar tu rostro, pero tienes los dedos demasiado entumecidos como para que respondan a tu petición. Tratas de pensar con claridad y lo único que consigues es que tu cerebro, confuso por el exceso de alcohol, comience a hacerte reír de forma patética. Ya no sabe cómo exteriorizar lo que sientes, ha estado tanto tiempo negándose que todo le pilla desprevenido. Quizás sería una buena terapia beber para podernos decir todo lo que no atrevemos cuando estamos sobrios.

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